MI escritorio. MI cubículo. MI aéreo. MI silla. MI computadora. No, no eran míos, era mi espacio en una oficina. Y con una flor, un portarretratos, un portalapiceros, varios post its, ya era “mi espacio” de trabajo.  Cada oficina o escritorio refleja la personalidad del que la ocupa. ¡Pero nada como estar descalza mientras trabajás! – cosa que ahí no era bien visto.

Adiós oficina. ¿Quién necesita una?. El work from home tiene tantas ventajas que no sé cómo no nos atrevimos antes. Aunque te guste mucho tu trabajo, el desplazamiento, el tráfico… eso desgasta.

-Lo bueno, buenísimo de trabajar en casa y no en una oficina es…

-No compartir el baño.

-No está mal visto comer o tomar café en tu espacio.

-Si te molesta como a mí el aire acondicionado y la luz blanquísima de los -fluorescentes, estás mejor.

-No te distraen los colegas.

-Todos los días son casual friday.

-Disminuye esa fobia pre lunes de los domingos por la noche.


Nada más recordá que son horas de trabajo, igual hay que rendir. Lo que habla por uno no es su mera presencia. El trabajo cumplido y las metas alcanzadas hablan por uno. Netflix, tele, música o visitas podrían atentar contra el rendimiento. Se puede evitar, si uno se enfoca en lo que tiene que hacer. Si te llaman no digás “estoy en la casa”. Contestá “estoy trabajando”. Y cumplilo.

Tan tentador como procrastinar puede ser el trabajar más de la cuenta. Aquí, en casa, también tenés horario. Pará para almorzar bien. Y una cosa es estar descalzo, muy distinta a “más tardito me baño”. Ese ritual de alistarte, no te lo brinques. No se puede trabajar bien con la sábana pegada.

Te dejo la vista desde mi despacho. Solo cuando llueve lo cambio. (Adentro no está mal, nada mal). Gracias a quien haya inventado el work from home. En este escritorio que sí es mío, yo soy más yo.



Marianella Cordero es periodista, maratonista, blogger y apasionada por la vida. Puedes seguir sus viajes, experiencias e historias en su cuenta de Twitter, Instagram o Facebook.