El día que uno se va a morir, uno cree que el mundo se va a acabar en serio, y que todo se va a ir a negro, ponen créditos y listo. Y uno, palomitas en mano, piensa “¡hey!, pero ¿ya? Todavía no, yo no quiero”.

Momentos después, al darte cuenta de que no te moriste, uno entiende que el centro del universo no era uno. Que mi muerte no iba a ser importante ni catastrófica. Iba a ser una historia menos, en medio de billones. Bajan un telón y silencio. Silencio.

A esa conclusión llegué el día que casi me muero, pero no me morí.

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¿Te lo resumo en un párrafo? Fue un viernes, me sentí mal, me desmayé, me subieron a una ambulancia: hospital 1, hospital 2, despertar con tubitos y pijama verde. 10 días de exámenes, una cirugía. Y ya. No me morí, pero casi, casi. Punto.

Entre el desmayo y la ambulancia no recuerdo nada, dicen que fue feo. Cuando me contaron por qué, fue peor. Porque una cosa es una apendicitis, otra que te digan que tu corazón latió demasiado despacio.

No hay manera de que una ambulancia sea cómoda ni entretenida. Tengo el vago recuerdo de la voz del chofer diciendo: “Puse la sirena para llegar rápido: no es porque estés grave, ok, vas bien”.

Casi me muero un viernes de pago, en plena hora pico de tráfico. ¡Nadie iba a darse cuenta! Ni siquiera yo, porque estaba desmayada. Iba a ser una menos, y ya.

El día que me iba a morir pero no me morí, iba bien vestida – ya sabés, las mamás siempre le dicen a uno que ande lindo y limpio por si lo llevan al hospital -. El día que me iba a morir pensé “no se vale, no se vale, estoy joven, no quiero, ¿cómo hago para que no suceda?”. Te da miedo. Pensás en todo y en todos en cuestión de segundos. Y te das cuenta de que no podés hacer nada para impedirlo – morir – ni para seguir vivo. Cero control.

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Te sentís frágil, estás en manos de “otros”. Dependés de que alguien te ayude. Tuve mucha suerte, porque varias personas reaccionaron rápido y ayudaron.

Cuando ya, estabilizada, comprendí que no me iba a morir – al menos no ese día, ni en ese momento – comenzó lo que yo llamo “la pensadera”. Solo querés tu rutina de vuelta: la casa, tu almohada, tu desayuno, el aguacero en la ventana, muchos abrazos, llorar y reír al mismo tiempo.

Cuando comprendí que no solo no me moría en ese momento, sino que existía buen chance de que viva mucho más, entendí por qué hay gente que todo lo vive con exagerada emoción. Que se comen un helado con tantas ganas, que no dejan que se derrita. Que celebran un gol en canchas abiertas como si fuera de final FIFA.

Lo que pasa es que cuando te ves ahí, en ese borde del abismo, pensás en lo genial que es estar vivo. ¡Casi todo de estar vivo es genial! Estornudar, dormir, bailar, leer, jugar con un gato, estrenar un vestido, empaparte de lluvia, hacer pipí cuando querés y donde podés. Todo significa mucho más.

Después de que casi te morís pero no, cambian algunas cosas:

- Tratás de no perder el tiempo en pequeñeces - por ejemplo, en discutir cuando no tiene caso -.

- Te ponés una meta, pero con fecha y todo. Para no volverte puro cuento y hacerlo. Por aquello de no decir "oh, yo siempre quise..." y luego acordarte de que no lo hiciste por ¡vago!.

- Estás consciente del valor de un minuto, 15, una hora, un día. El tiempo se vuelve precioso.

- ¡Es mentira que haces un bucket list! Uno no vive pensando en morirse, vive pensando en vivir.

- Casi nada te da vergüenza con los doctores. Digo, ya te pusieron la pijama verde fea, con tubos, ya te vieron sin peinar y sin arreglar.

- Te quedan ganas de todo al mismo tiempo. Ganas de todo, muchas. Queda salir a gastarlas.

Afortunadamente no sabemos ni el día, ni la hora, ni el cómo, ni el por qué. Yo solo puedo decir que casi fue un 31 de enero de 2015 al mediodía,… pero no fue. Y desde ese día hasta ahora, siento como que me dejaron jugar tiempos extra, y tengo ganas de tirar a marco una y mil veces: penales, shoot outs. Como sea. Porque casi casi, pero no, y este partido me gusta mucho. Por suerte no me morí.  Se siente feo ese casi. Se siente bien que ya pasara.

Marianella Cordero es periodista, maratonista, blogger y apasionada por la vida. Puedes seguir sus viajes, experiencias e historias en su cuenta de Twitter, Instagram o Facebook.