Mis papás bien pudieron haber trabajado en Disneylandia o Pixar. Su imaginación sobrepasaba la mía con creces, así que sus explicaciones de cómo la muñeca que quería aparecía debajo del árbol el 25 de diciembre, eran dignas de un guion de fantasía.

Que San Nicolás estacionaba el trineo en el patio, que los renos esperaban jugando con mi perra, y él bajaba los regalos. Que los regalos los buscaba según la lista que yo escribía al niño Dios. Que entraba sin hacer ruido, y eso mismo hacía en TODAS las casas del mundo.

Por eso, como un resorte, yo brincaba de la cama cada 25 de diciembre y corría hacia la sala a ver “si había algo”. ¡Y HABÍA!

Ese San Nicolás conmigo era especial. Me dejaba notitas de agradecimiento, ¡escritas a mano!, por la leche y las galletas que yo le había dejado en la cocina. Yo me creía todo TODO. Y tan buenos eran mis padres en relatar lo que sucedía: detalles, descripciones, no se les escapaba nada.

Pero ese día llegó. Un compañero de la escuela me dijo a quemarropa: “No existe San Nicolás, los papás compran todo y te lo ponen ahí”. Yo, con toda la inocencia del mundo le respondí: “estás equivocado. Eso no puede ser cierto” (Los papás serían incapaces de mentirnos, ¿verdad?).

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Pálidos se pusieron mis papás cuando llegué a la casa y les dije “¿Habráse visto semejante idea?, dice fulano de tal que son ustedes, que todo es mentira, pobrecito, traté de explicarle pero insiste que no ”.

Se sentaron muy serios, se volvieron a ver, y quitando ladrillo por ladrillo de ese muro de fantasía que me levantaron, explicaron que sí, que les encantaba hacerlo, que eran ellos, y que era una manera de premiar que me portaba bien… BLA BLA BLA…

Todavía puedo sentir ese frío helado en la panza. Me levanté y les dije “No señores, eso no es cierto. Ustedes están mintiendo. San Nicolás sí existe. Dejen de negarlo”.

Y dale, la enana les seguía justificando con sus propios argumentos de años, que sí, que eso sí pasa, sí existe.  Ellos que no, yo que sí. El ambiente se puso tenso y la cosa iba mal, hasta que mi mamá, la realista inquebrantable, se puso seria y dijo muy fuerte: ¿POR QUÉ CREÉS QUE LOS NIÑOS POBRES NO TIENEN REGALOS?

Ni los grillos, ni papi ni yo. No sonó nada en esa casa. Ni el crujir de la madera.

Claro que entendí. Creo que ese día dejé de ser niña. Comprendí todo.

Me quedaron dos sensaciones: un eterno agradecimiento por la alcahuetería de mis papás que por años me regalaron cosas que no merecía. Y segundo: mucha tristeza, porque de veras no existe un tipo regalón que sí visite a todos los niños del mundo, especialmente a los pobres.

Lástima que no sea cierto, pero en vez de lamentarnos creo que es una gran oportunidad de tomar “cartas en el asunto” e intentar compensar esa ausencia. A todos nos debería toca ser el Santa de algún otro. Así de fácil. Y es más lindo. Es más real.