No hace falta buscar mucho para llegar a una tamaleada en Costa Rica, basta con poner un mensaje en Facebook en tiempos de Navidad para recibir invitaciones múltiples.

Así fue como Doña Flor nos abrió la puerta de su casa y su familia para compartir con nosotros una auténtica tamaleada. Entre el aroma de la cocina y las historias que se desgranaban en la luz de la mañana, poco a poco fuimos alcanzando una intensa actividad culinaria y social.

El trabajo comenzó muy temprano alistando los ingredientes. Debe prepararse la masa a base de harina de maíz y grasa de cerdo, cocinar la carne y las verduras que serán parte del relleno. Además, se asignan los roles de los integrantes del equipo tamalero, desde los más novatos como los limpiadores de hojas hasta los experimentados que los envuelven, los atan y los dejan listos para ser cocinados.

La preparación de los tamales tiene varias etapas y es importante que la persona asignada se haga responsable de su puesto, para que la tamaleada no se interrumpa. Además, como por lo general es una elaboración de volúmen, el trabajo es intenso y duradero, y puede ocuparnos el día completo.

El journey de una tamaleada en familia

Llegamos muy temprano, cuando apenas se estaban preparando los ingredientes y solo estaba Doña Flor y una de sus hijas, la menor, María Fernanda, y un sobrino de ella. Nos ofrece pinto y café, como lo más natural del mundo.

Doña Flor cocina tamales desde que tenía unos 6 años de edad, ¨mi madre me enseñó a hacerlos¨, recuerda.  La mesa del comedor, el desayunador y toda la casa está invadida por los elementos necesarios: fuentes con verduras, recipientes para hacer la masa, grandes ollas al fuego para cocinar.


 

Llega otra hija de Doña Flor, Elisa, la mayor, que inmediatamente se integra con sus dos hijos que también cooperan con algún puesto de tareas menores, como limpiar hojas y cortar mecates para amarrar los tamales. La dos hijas de Doña Flor en cambio son encomendadas a una tarea crítica, lograr el punto de la masa.

La actividad y la conversación crecen proporcionalmente, la presencia de los extraños no interrumpe la rutina, en cambio somos integrados, interrogados y hasta objeto de chistes, cuando nuestros ojos colapsan ante el implacable ácido de las cebollas que Doña Flor pica a último momento.

Llega, Marta, una hermana de Doña Rosa y lo que comenzó tímidamente hace unas dos horas es ahora un espacio de transmisión de anécdotas e historias, de órdenes y contraordenes de cocina, de puesta a prueba de habilidades.

La mañana se nos escapa entre los vapores de la cocina, ya es el momento de armar los tamales y se produce el mayor despliegue. Nuevamente, las más virtuosas toman sus puestos en torno de la mesa del comedor y nos demuestran cómo es que se se arman los tamales. Las hijas de Doña Flor.

La receta de compartir en familia

El origen del tamal no ha podido ser circunscrito a una región específica, ya que podemos encontrarlos desde México hasta el sur del Perú. Su existencia data del año 100 a.C.

En Costa Rica, su receta es bien conocida y acepta tantas variables como cocineros dispuestos a elaborarlos. Pero más allá del hecho gastronómico, los tamales son una tradición que reúne a toda familia desde muy temprano en el día de la tamaleada y se multiplica  luego por cientos de ocasiones para compartirlos.

Indudablemente, el  ingrediente que no puede faltar para hacer unos buenos tamales es la buena compañía, ya que desde su preparación hasta el momento de servirlos y disfrutarlos se hace en familia o en grupos de amigos.

Marta, la hermana de Doña Flor lo deja claro: ¨Yo regalo todos los tamales que hago, si quieren probar uno ahora pasen por mi casa¨.

Envueltos en frescas y verdes hojas de plátano, son todo un presente culinario para el comensal que va a dejarse sorprender por esta deliciosa experiencia gastronómica hecha de masa de maíz, carne de cerdo y/o pollo, arroz arreglado y vegetales. En Costa Rica, así como en otros paíse de Latinoamérica, las familias se reúnen para preparar los tamales que luego ofrecerán a quienes visiten sus casas.

Pero hay mucho más, como ese amor filial que se transfiere en las acciones cotidianas, como cocinar, que es un valor incalculable al interior de cada familia.¨A uno le gusta que lo halaguen por el sabor de la comida. Eso te hace bien y hace que hagas mejor las cosas¨ Dice Doña Flor, y agrega, ¨de todos mis hermanas yo soy la que hace los tamales más ricos¨. Pero esto no pudo comprobarse en esta nota y la ¨disputa¨ intrafamiliar quedó abierta.

Nosotros ahora tenemos que dejar este tema, porque vamos a probar los tamales de Doña Flor, porque así es como estas historias terminan: compartiendo, con anécdotas y una cuchara en la mano.