Así como los roles familiares mejor distribuidos, nuestra generación de papás millennials está mucho más comprometida en la crianza de sus niños. Los números no nos dejan mentir, según Google, siete de cada diez papás "del nuevo milenio" buscan información sobre crianza en línea.

Los papás queremos ser parte de la crianza de nuestros hijos y nos involucramos cada vez más en ello, algo por mucho tiempo restringido al universo femenino: porque ellas eran las que sabían de niños. Pero todo esto fue un tiempo pasado.

Aunque nunca me sentía lo suficientemente seguro como para tener un hijo (creo que nadie lo está antes de tenerlo), al final, entre la ilusión y el miedo a lo desconocido, tuvimos una niña, que me ha hecho muy feliz, por un lado, pero que por el otro activó toda una parte de mí que había dejado de lado o desconocía y que recapitulo por aquí.

A tener la paciencia de un budista: cuando ves un gurrumín que apenas puede abrir sus ojos y pide su leche de madrugada o se despierta sobresaltado por la molestia de sus primeros dientes tú saltas de la cama para atenderle, para confortarle y asegurarte de que esté bien. No importa qué pase mañana en el trabajo, ni si su madre, que seguro está aún más cansada que tú, da una vuelta y sigue durmiendo, solo importa calmarlo. Esta paciencia es tan envolvente que se traslada a otros ámbitos, haciéndote más tolerante en tu vida y en tu trabajo. Entendemos de una buena vez y al fin que todos somos seres humanos, y que muchos con los que interactúas tienen un bebé en casa como tú.

Producir la energía de un atleta: a pesar de las trasnochadas que los primeros meses de vida de un bebé les propina a sus padres, un plus de extra energía te acompaña, como una especie de superpoder que hace que puedas maquillar el zombie que llevas dentro y llegar al trabajo en buenas condiciones, atiendas tu agenda social y mantengas el humor equilibrado después de una pésima noche; porque nada que venga de tu bebé puede transformarse en algo malo. Extrañamente, en mi caso, hasta comencé a salir a correr siendo de hábitos deportivos bastante modestos. El aprendizaje aquí fue contundente: eras un perezoso y eres más fuerte de lo que crees.

Usar la tecnología como un aliado: he usado mi smartphone como inútil pasatiempo y efímera ventana de comunicación con el mundo digital y social, también como herramienta de trabajo. Pero después de tener a mi hija he potenciado su utilidad. Según las estadísticas de Google, el 86% de los papás millennials usan Youtube como guía para temas como preparar una comida o ensamblar una cuna. He usado Internet para múltiples consultas, chequear información o ver la forma más fácil de llevar a cabo un procedimiento nunca antes hecho, como bañar a un recién nacido o suministrarle un medicamento. Casi siempre, como buen periodista, confronto la información obtenida en la red con una fuente cercana de confianza, pero otras veces ha sido Internet quien me ha sacado de dudas de índole práctica, viendo a otros padres realizar el procedimiento consultado.

A estar más alerta: la preocupación (un poco exacerbada del papá primerizo) de que algo le pase o que nos pase algo a nosotros que nos impida cuidar de nuestro bebé es revelador del instinto primario que despierta la paternidad en todos nosotros (millennials incluidos). Nos volvemos más protectores y atentos a los detalles, no solo a los directamente concernientes a nuestros hijos, sino que se extiende a otros entornos más allá del familiar. Más cuidadoso al conducir un carro, al escoger los productos que se consumen en el hogar o en la seguridad de los sitios de esparcimiento familiar. Algo definitivamente bueno para todos. Por ejemplo, compré una luz de emergencia para las escaleras de mi casa, la primer luz de emergencia que he comprado en mi vida. Adivinen por qué.

Mejorar la destreza, redescubrir mi orgullo doméstico: siempre fui bastante hogareño, pero en mi vida de pareja pre paternidad me hice un poco holgazán, cocinaba menos y prestaba poca atención a las cosas de la casa. En fin, esquivaba esas tareas del hogar que ahora estoy dispuesto a afrontar con una especie de orgullo, una suerte de celebración: que dichoso que me ha tocado todo esto a mí, mientras disfrutas inexplicablemente cambiar pañales, darle un baño o hacer una papilla que tu retoño engulle con gusto. Ser capaz de cuidarla y disfrutar tiempo con ella, aunque su madre no esté, es realmente reconfortante. Por algo el estudio de Google revela que el 88% de los papás "del nuevo milenio" sienten que es importante ser el "papá perfecto". No creo en esta afirmación, pero sí en la voluntad de querer alcanzarla.

Descubrir un nuevo team en la pareja: no importa que tanto compartían las tareas, los gastos o  las responsabilidades con tu pareja, ahora el equipo tiene un objetivo en común y se consolida más en él, la unión ya no es un fin en sí mismo y ha trascendido. Aunque puedes extrañar cosas de la vida pasada, el equipo te mantiene bien ocupado en sus nuevos objetivos. Un compañerismo más comprometido aflora, “la cuido mientras vas al gimnasio”,“ lavo los platos mientras la bañas”, son algunas de las frases que, en mi caso, confirman este dato.

Un antropólogo de la paternidad: te vuelves un observador sagaz de otros padres, mides, comparas, aprendes, te introduces al mundo de tu nueva faceta e intentas iniciar conversaciones sobre niños, tímidamente, en un mundo aún bastante teñido de resabios machistas. Te ves inmerso en un mundo nuevo y desconocido, arrodillado o tendido en el piso de una tienda, investigando el funcionamiento de la silla para el carro, sin importarte mucho lo que el resto de las personas que pasan allí puedan pensar de tu extraña posición de mecánico; porque cueste lo cueste, para mí ha valido la pena.

 

Federico Rosso es CX Content Specialist en Findasense. Edita y produce contenidos para Coca-Cola Journey Latinoamérica Centro. @_pelucci.