Por una de esas tantas callecitas verdes y arboladas de Costa Rica llegamos a la casa de fin de semana de Ana Gabriel Ruiz, donde ella nos esperaba. Desde el patio podía verse el interés familiar por las antigüedades; una carreta típica para bueyes con más de 100 años, una bicicleta de paseo antigua en perfecto estado. Al entrar a la casa su afición por Coca-Cola se iba haciendo evidente, por las paredes, los rincones, los utensilios y los electrodomésticos (una refrigeradora estaba totalmente decorada con los distintos diseños de botellas de Coca-Cola en la historia).

Ana Gabriela tiene 59 años, es casada, tiene dos hijas “grandes” y una vida hecha, como se suele decir. Pero la vida está hecha de una infinidad de cosas, muchas de ellas presentes en nuestros paisajes cotidianos. Ella eligió que todas esas cosas fueran de Coca-Cola.

“Yo no puedo explicarlo, a mí siempre me ha gustado todo lo relacionado a Coca-Cola, el logo, los colores, no sé porqué me llamaban tanto la atención. Todas esas promociones que Coca-Cola sacaba, yo las quería tener, desde que era adolescentes. Entonces fui acumulando muchas cosas desde muy joven que quedaron guardadas, pero un día decidí desempolvar todo, hace como nos 20 años”, cuenta Ana Gabriela, en la sala iluminada por la tarde, cerca de la vitrina con más objetos de Coca-Cola que hayamos visto en Costa Rica.


Su interés por el universo de la marca le llevó a coleccionar objetos de Coca-Cola, desde vasos, botellas conmemorativas, curiosas alcancías, lámparas psicodélicas, hasta una nevera en forma de lata que trajo desde México y significó toda una odisea. “Por suerte ese día me pasaron a primera clase, pero aún así la caja de la nevera no cabía, ni en los compartimentos de arriba ni en los pies, fue toda una discusión con las azafatas, hasta que sacamos la nevera de la caja. Yo pasé todos los puestos de migración cargando la nevera como una maleta”, recuerda Ana, asombrada de lo que ella misma llegó hacer.

Cuando su afición se hizo pública amigos y familiares empezaron a regalarle objetos y cosas relacionadas a Coca-Cola, cada vez que se encontraban con algo, como la puerta de un camión de Coca-Cola. Pero... ¿Cómo llegó aquí?, le preguntamos. “El novio de una amiga de mi hija tiene un taller mecánico y no se bien como esa puerta fue a dar allí, pero como saben que a mi me gustan las cosas de Coca-Cola me la regalaron”.

Todos estos objetos llevan a Ana a diferentes circunstancias y etapas de su vida. “Yo ahora tengo 59 años, y a esa refrigeradora me la regalaron cuando cumplí los 50”, dice Ana señalando el voluminoso artefacto que trajo desde México.

De la misma manera, navidad, día de los enamorados, día de la madre son momentos para recibir presentes de Coca-Cola que Ana va atesorando junto a sus otras pequeñas reliquias de la historia de la marca. “Ahora que cumplí años me regalaron esto” dice Ana Gabriela mientras nos muestra un original termómetro Coca-Cola.

Mini latas edición limitadas traídas por amigos en sus viajes desde todas partes del mundo, trencitos, teléfonos con forma de Coca-Cola, camiones a escala Coca-Cola de colección, antiguas cajas de madera para transportar botellas, un reloj despertador y una variedad de objetos llenan una peculiar vitrina que Ana ha creado por su afición la marca. Un mini museo personal.

La alcancía tipo refrigeradora con música se llevó las miradas de todos los que allí estábamos, un objeto muy original que Ana tiene desde hace más de 25 años en perfecto estado. Una melodía metálica, anacrónica y alegre que sigue sonando al insertar una moneda.

Para esta navidad Ana Gabriela tiene planeado armar un árbol temático de Coca-Cola. La cita quedó en pie para volver a encontrarnos.