Voy a contarte que los demás días que no son 8 de marzo, son tan importantes como el 8. De hecho esos son los días en que nos damos cuenta lo que de verdad piensa la gente de nosotras, lo que nosotras mismas vemos en cada una.

No es que esperamos que nos lancen un pañuelo al suelo para pisarlo y pasar por él. Inclusive nosotras con gusto podemos ayudarle a un muchacho con sus compras, si vemos que trae demasiadas bolsas y necesita una manita.

Queremos que cuenten con nosotras si hay que hacer trabajo pesado. Lo hemos hecho por siglos. No es nada extraordinario. Lo que sí nos merecemos y aún no logramos que se nos reconozca es el derecho a que nos valoren por nuestra capacidades.

Por eso quiero contarte sobre mujeres comunes y extraordinarias – sí, las dos cosas al mismo tiempo – que he conocido y en las que hallé algo de mí. Porque somos todas distintas con experiencias comunes, y conocer lo distintas que somos entre nosotras me ha servido para no hacerme una idea fija de “mujer”.

Por ejemplo, conocí a dos reinas: a una le pude hablar, a la otra no. Las conocí sin corona. Con Noor de Jordania, conversé en una calurosa terraza santaneña, nos reímos y hablamos de la adolescencia – la suya y la mía -. Con Letizia, no pude hablar, pero estuve a la par suya mientras conversaba con unas señoras en el mercado de Suchitoto en El Salvador. Tocaba las verduras y las frutas, y le contaban para qué se usaban en recetas criollas. Aunque me pude haber quedado pensando en lo que me separa de ellas, sentí más bien afinidad por las dos. Por la primera, que usaba sus manos al hablar, y sonreía mucho. Y por la segunda, por su curiosidad de periodista como yo.

Conocí a una futbolista que para mejenguear cuando era niña, se cortaba el pelo corto y así jugaba con otros niños. Gracias a ese balón fue a dar a París, conoció el mundo y ahora vive en China. Pero siempre que haya un balón rodando sobre el césped, vuelve a correr detrás de él, como una niña otra vez. Se llama Shirley Cruz. Solo tengo una camiseta de fútbol, y es la que lleva su apellido en la espalda.

En mi familia tengo variedad: una que nunca se casó, pero siempre tiene en su casa grandota mucho espacio para sobrinos, primos y amistades, le gusta que cocinemos y desayunemos juntos en su casa. Otra que prefiere un casco y chaleco de construcción, pero me entiende a mí con mis labiales y mis blusas de florecitas. Otra que desde chiquita cosía vestidos para las barbies, y en secundaria resultó ser una eminencia para las ciencias. También una que nos deja a todos robar del lustre de sus pasteles, y otra que es fan de Star Wars.

Y la que me trajo al mundo, que ya podría estar en casa pensionada, pero se aburre mucho, entonces todavía trabaja y en su tiempo libre come muchos helados y hace muchos sudokus.

El 8 de marzo para nosotras no es rosado. O no todo rosado. Es un color que uso poco, y según yo se me ve mal. Para mí es un día de rojo intenso, lo uso y me “empodera” cuando más lo necesito, es decir: los otros días que no son 8 de marzo.

Pero también me empodera el blanco o el amarillo huevo, o el verde menta. El 8 de marzo todas, así tan distintas, nos reconocemos en lo que nos une y en lo que juntas podemos cambiar para ser más libres y ejercer dignamente esa libertad de la mano con los hombres.

El 8 nos dicen muchas cosas lindas, pero es más importante lo que pasa después, porque es cuando nos damos cuenta si son palabras o si es en serio.


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