El año pasado tuve que enfrentar una decisión. Podía pasar el verano trabajando con una organización de desarrollo en Haití o integrarme a la división de Asuntos Públicos, Comunicaciones y Sostenibilidad de la oficina regional de Coca-Cola en Nairobi, Kenia.

No fue fácil decidir. Después de haber trabajado con ONGs durante la mayor parte de mi carrera, me inquietaba trabajar con una de las entidades corporativas más grandes y reconocidas del mundo.

¿Qué aprendería? ¿Me adaptaría a una “cultura corporativa”? ¿Qué trabajo haría? ¿Sería éste realmente impactante?

Mientras trataba de tomar una decisión, surgió otro pensamiento apremiante.

Aceptar esta pasantía, ¿me convierte en una "vendida"?

Aunque pueda parecer absurdo y un poco inmaduro, esa fue una verdadera preocupación.

Ya sea real o aparente, hay una cierta tensión entre los roles del sector público y del privado en el desarrollo internacional. Esta tensión se caracteriza por cuestiones de eficiencia y propósito, influencia y acceso, y lo más importante, impacto. ¿Es posible que una compañía que se preocupa principalmente por sus finanzas haga realmente el bien en el mundo, al mismo tiempo que hace buenos negocios? A pesar de estas dudas, visualicé la pasantía de Coca-Cola como una oportunidad única en la vida para dar un vistazo tras la cortina roja y ver cómo un gigante corporativo genera una oportunidad compartida.

La franquicia Coca-Cola Oriente y África Central (ECAF, por sus siglas en inglés) está constituida por profesionales sobresalientes, apasionados y abiertos, que tienen carisma y energía de sobra. Al ser la sede regional de las operaciones de Coca-Cola en países como Etiopía, Tanzania, Uganda, Mozambique y Zambia, la oficina de Nairobi tiene la tarea monumental de encargarse de la innovación, el lanzamiento de productos, las finanzas, la estrategia, el marketing, los asuntos públicos, las comunicaciones y las iniciativas de sostenibilidad a través de 12 economías de rápida evolución.

Ese verano fue un momento particularmente emocionante para incorporarse a la compañía, ya que esta se encontraba en medio del lanzamiento de un nuevo proyecto de sostenibilidad. Al llegar a Nairobi, supe que cada franquicia de Coca-Cola tenía la facultad de impulsar la iniciativa 5by20, una plataforma global para la capacitación de mujeres, cuyo objetivo es empoderar a 5 millones de mujeres para el año 2020, con conocimiento local, para satisfacer las necesidades locales. Como resultado, ECAF desarrolló Kuza Kazi, una iniciativa que procura generar 50,000 empleos al año para jóvenes kenianos, con un enfoque especial en las mujeres. Al reconocer el daño que ocasiona el desempleo que afecta a los jóvenes kenianos entre 18 y 35 años, Coca-Cola y sus socios embotelladores vieron la oportunidad de expandir sus negocios al mismo tiempo que incrementaban las oportunidades económicas.

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A través de Kuza Kazi, Coca-Cola trabajará con socios de los sectores público y privado en la capacitación de los jóvenes beneficiarios, y también les brindará acceso a las finanzas y los activos necesarios para que inicien sus propios negocios minoristas de pequeña escala. Ese verano, mi tarea fue ayudar a desarrollar la estrategia, el diseño y la implementación de esta iniciativa, la cual contó con la participación de múltiples instancias. Mi ámbito de trabajo incluía una serie de actividades que iban desde recopilar e integrar las mejores prácticas de 5by20, desarrollar propuestas y presentaciones para recaudar fondos, redactar los objetivos y planes de trabajo del proyecto, identificar y negociar con socios tecnológicos y buscar la aprobación de las partes interesadas dentro del negocio.

Me complace informar que aprendí mucho sobre cuán difícil y gratificante puede ser desarrollar y manejar un proyecto. Nada se compara a percibir cómo un concepto o una visión cobran vida, al mismo tiempo que logra apoyo e impulso en el camino.

Una de las lecciones más importantes que aprendí es que los asuntos públicos y las comunicaciones son fundamentales para estructurar y pilotear una iniciativa de sostenibilidad exitosa. Atrapada entre largos días persiguiendo contratos, y reuniéndonos con gerentes comerciales para averiguar exactamente cómo conseguirle hielo a un vendedor ambulante en medio de Turkana, sostuvimos las reuniones con el gobierno nacional y municipal, con los donantes internacionales, fundaciones, agencias de la ONU y otros representantes del sector privado. Rápidamente me di cuenta de que un conocimiento especializado de la política pública y sobre el manejo de las partes interesadas podría forjar o poner fin al éxito de Kuza Kazi. El poder de convocatoria y la influencia de Coca-Cola, tan incomparables y potencialmente desconcertantes como lo son para algunos miembros del sector público, tienen la capacidad de llamar la atención sobre los desafíos sociales apremiantes, redirigir las tendencias de la industria y mover la aguja sobre problemas que una ONG promedio podrá tardar años en alcanzar. Eso no quiere decir que el sector privado sea más importante o eficaz que las ONGs, ya que Kuza Kazi habría sido mucho más difícil de poner a prueba sin el apoyo de los socios ejecutores, sino más bien quiere decir que cuando los esfuerzos de una compañía influyente se orientan hacia el bien, pueden pasar cosas increíbles.

Recuerdo mi experiencia en Kenia con un nuevo aprecio por el rol del sector privado en el desarrollo internacional. A través de alianzas público-privadas, de la inversión y del abastecimiento de impacto, de B-Corps, empresas sociales y mucho más, la manera en que definimos la labor de desarrollo, dónde se realiza, cómo se hace y quién la hace, cambia cada día. No se me ocurre pensar en un mejor lugar para aprender una lección de este tipo que en Kenia, donde los signos de transición están presentes en una creciente clase media y en una cultura explosiva de empresas emergentes y de emprendimientos.

En resumen, puedo decir con toda honestidad que no me arrepiento en absoluto de mi decisión de haber dejado atrás lo que mejor conozco y haberme unido a Coca-Cola durante ese verano. Si bien hay mucho que aprender y restaurar en la relación que existe entre las corporaciones multinacionales y los más vulnerables del mundo, ese verano me fui con la certeza de que el sector privado debe tener un puesto en la mesa. Si mis colegas en la oficina de Nairobi son un indicativo para el resto de la compañía, entonces Coca-Cola está más que dispuesta a ganarlo.


 

La Compañía Coca-Cola es un socio de pasantías del programa de Desarrollo Humano Global (GHD) de la Universidad de Georgetown. Cada verano, los candidatos al Master del programa GHD trabajan en las oficinas de Coca-Cola alrededor del mundo, donde logran experiencia de primera mano en las áreas de responsabilidad social corporativa y sostenibilidad. En esta serie especial de blogs se destaca su tiempo con Coca-Cola. Aquí, Araba Sapara-Grant (en la foto de arriba) reflexiona sobre el tiempo que estuvo en Kenia.

Araba Sapara-Grant se unió a GHD después de haber trabajado durante varios años para múltiples organizaciones de desarrollo, como Pan African Capital Group, Africare y GAIN. Ella se graduará este año.