Por Daniel Suárez M., Vicepresidente de Asuntos Públicos, Comunicación y Sostenibilidad de Coca-Cola en Latinoamérica Centro.

En su definición más común, “devolver” significa hacer que una persona o una cosa vuelva al lugar o al estado en el que se encontraba. Cuando esta “devolución” se realiza en favor de la naturaleza, el compromiso consiste en protegerla de manera tal que podamos hacer uso de los servicios ecosistémicos que brinda sin degradarlos o, mejor aún, regenerándolos. Esto es de vital importancia tanto por su valor intrínseco como por la ética que nos obliga frente a las generaciones futuras. En el caso del agua, “reabastecerla” implica mantener su ciclo de la manera más natural posible y conservar las fuentes de agua a través de su protección y restauración.

Ese fue, precisamente, el objetivo que nos trazamos en el Sistema Coca Cola hace más de una década, respecto de cada gota de agua que utilizamos para la producción de nuestras bebidas. Sabíamos que el objetivo era ambicioso. Para lograrlo, pusimos en marcha proyectos comunitarios que protegen y ayudan a la recuperación de ecosistemas donde nace el agua. Gracias al trabajo conjunto con nuestros socios embotelladores, organizaciones no gubernamentales, representantes del sector público y las comunidades, alcanzamos la meta en 2015, cinco años antes de lo planeado.


Por supuesto que ello no hubiera sido posible si trabajábamos solos. Cumplir esta meta fue un gran desafío, al que pudimos responder gracias al trabajo articulado con nuestros aliados expertos. Junto a TNC desarrollamos el programa Agua por el Futuro en áreas prioritarias de Colombia, Costa Rica, Ecuador, Guatemala, Panamá y República Dominicana. Consiste en acciones regionales de protección, restauración y/o reforestación. Por su parte, junto a WWF en Honduras, El Salvador y Guatemala, impulsamos el Programa de Reabastecimiento de Agua, por el que reabastecemos y mejoramos la calidad del agua que llega a los ríos y quebradas. Y también desarrollamos programas en El Salvador y Belice. La satisfacción de cumplir los objetivos llegó con creces, ya que en en 2019 logramos reabastecer el 118% del agua utilizada.

Celebramos hoy un trabajo que lleva más de 10 años y continuará creciendo. Y lo celebramos, sobre todo, porque cada día nos demuestra que es posible generar un doble impacto. Por un lado, creamos valor ambiental, ya que a través de las acciones de conservación se recupera el suelo, los bosques y la capacidad de los ecosistemas de regular los flujos de agua y continuar brindando sus servicios. Pero además generamos un enorme impacto social al promover el desarrollo de las comunidades. Así lo cuentan ellos en primera persona.

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En Costa Rica, por ejemplo, Maria Idilia Herrera Castro y su esposo Edgardo Fallas Giménez, ambos jubilados, tienen una finca en el extremo sur del Valle Central, que fueron adquiriendo en pequeñas porciones de tierra durante los años de vida productiva. Durante algún tiempo desarrollaron proyectos de ganadería, pero el interés por conservar la naturaleza los llevó a formar parte de Agua por el Futuro, cediendo 12 hectáreas para la conservación de los bosques.

Hilda Floridalma, de Guatemala, es vecina de Panabajal, donde se encuentran los cultivos de Aguacate Hass. Gracias a las capacitaciones del proyecto, Hilda ha podido cultivar aguacates, duraznos y papas con un formato de agroforestación y así desarrollar un negocio familiar. Mientras tanto, en Panamá, Raquel Santana Rodriguez, educadora jubilada y propietaria de una finca en la provincia de Colón, forma parte de los 14 asociados que ceden parte de sus terrenos para acciones de conservación. En su finca se han implementado 20.7 hectáreas en protección de bosque nativo y 1.03 hectáreas en reforestación.

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En República Dominicana, a través de jornadas de voluntariado y trabajo con las comunidades, se han llevado acciones de conservación y restauración de bosques, sembrando especies que benefician tanto a la flora como a la fauna del ecosistema, y que benefician a más de un millón de personas del país, ya que las áreas intervenidas son las cuencas de las que se abastece el agua de grandes centros urbanos. En Colombia, los propietarios de los terrenos reciben incentivos en especies, que les permite mejorar sus prácticas y en algunos casos encontrar alternativas económicas más rentables y sostenibles, además de beneficiarse de forma indirecta más de 11 millones de ciudadanos. 

Los ejemplos son muy variados y en territorios diversos, pero tienen un denominador común: son la prueba de que el esfuerzo valió la pena. Porque reafirmamos que el agua es un recurso vital para la salud de las personas, indispensable para los ecosistemas y necesaria para la prosperidad económica de las comunidades en las que operamos. Y porque sabemos que al retornar agua, lo que estamos regresando, es vida.